miércoles 4 de noviembre de 2009

SALA DE ESPERA: Lo que no llega al consultorio...


Por Mario Martínez

“¿Por qué el espejo insiste en devolverme siempre la misma estúpida imagen? ¿Por qué cuándo alguien dice mi nombre tengo que responder? ¿Por qué todos insisten con la historia de mi locura? ¿Por qué es tan importante para los demás que yo esté viviendo la misma vida que viven ellos? ¿Por qué no puedo entrar a los baños de varones, si voy a hacer las mismas cosas que hacen ellos?”
Rafael, además de ejercer la psiquiatría en el hospital, atendía dos veces por semana en un sanatorio neuropsiquiátrico. Allí se encontraba ahora leyendo los cuadernos de Sara.
La historia de Sara era un poco la historia de la segunda mitad del siglo XX en la Argentina: integrante de la juventud maravillosa de los años setenta, fue luego demonizada, perseguida, secuestrada, torturada.
Sobrevivió de milagro. Pero no consiguió hacerlo entera. Una parte de ella se quedó para siempre en la rebeldía.
“Si Evita viviera, sería montonera. Si yo viviera, sería un hombre. Si yo fuera un hombre, me buscaría para amarme. Si yo fuera amada, sería feliz. Si yo fuese feliz, me iría lejos con mi hombre que me ama solo a mí. Si yo estuviera lejos, este manicomio sería inútil. Si yo estuviera lejos, y fuera feliz con mi hombre que me ama solo a mi, Evita viviría”.
Rafael trataba de comprenderla en medio del delirio. La habitación de Sara estaba cubierta de cuadernos llenos de frases como esas.
“Francamente general: ¿Qué esperaba usted de nosotros? ¿Qué esperábamos nosotros de usted? ¿Qué esperó el pueblo durante dieciocho años? ¿Qué esperaban los burócratas? ¿Qué esperaban los milicos? ¿Qué esperaban los curas conservadores? ¿Qué esperaban los curas del tercer mundo? ¿Qué esperaba mi mamá? ¿Por qué nos esperó la muerte? ¿Por qué mi compañero se tragó el cianuro?”
Rafael era unos pocos años menor que Sara, pero si se tomaba el trabajo de ordenar los cuadernos (¿Qué era el orden a esas alturas?), tenía el mejor relato de aquellos años.
“¿Qué pasa, general, que está lleno de gorilas el gobierno popular? Lleno de gorilas el gobierno, lleno de gorilas la Catedral, lleno de gorilas la Sociedad Rural, lleno de gorilas el Teatro Colón, lleno de gorilas el aeropuerto de Ezeiza. Y no puedo salir. Y no llega mi hombre. Y llega la patota. Y la patada en la boca. Y el baúl del auto. Y la picana. Y mi sangre. Y yo lloro, lloro, lloro, lloro, lloro….”
Rafael se cuestiona si los medicamentos la están ayudando a Sara, o le están robando el único espacio de libertad que ella pudo fabricarse en todo este tiempo.
“Llevo en mis oídos la más maravillosa música. Llevo en mis ojos la oscuridad de la capucha. Llevo en mis pechos el ardor de la picana. Llevo en mi boca el ardor de la picana. Llevo en mis ingles el ardor de la picana. Llevo entre mis piernas la más asquerosa violación. Llevo en mi estómago la más violenta patada que me deja sin aire. Y yo solo quería verlos sonreír, verlos sonreír, verlos sonreír”.


En el hospicio
(Pastoral)

Quiero atrapar el sol
en una pared desierta.
Me siento tan libre que
hasta me ahoga esa idea.
Me hace mal la realidad
de saber que el perro es perro
y nada más.

Quiero descolgar al sol,
chapalear entre las hojas,
estirar mi soledad,
correr entre los pasillos
y buscar la realidad
de que el perro no sea perro
y nada más.

Encierro real;
claustro de barro.
Solo sombras,
sombras.

Porque supe al despertar
que mis sueños eran ciertos
y mi propia realidad
supera la fantasía
de ser vos la fuerza que
de la nada hizo vida y me la dio.

Porque me dejan pensar
en toda esa gente humana
y después, para jugar,
hasta me atan a mi cama.
Puedo ver la realidad
de que el perro sea perro
y nada más.

lunes 28 de septiembre de 2009

Sala de Espera: Lo que no llega al consultorio


Por Mario Martínez

Omar se encontraba cursando su segundo año en la residencia de cirugía. Estaba de novio con Ana. Planeaban casarse cuando Omar finalizase la residencia.
Ana era contadora. Cuando en las reuniones sociales predominaban los médicos ella no podía evitar sentirse extraña.
Lo quería mucho a Omar. Incluso lo admiraba por su dedicación a la profesión.
Esa noche Omar cenaría en el departamento de Ana, y dormiría allí.
-¿Qué tal la oficina, flaquita? La saludo Omar. Ana trabajaba en un estudio contable.
-Bien amor, hubo poco trabajo hoy, estuve por llamarte, le comentó Ana.-¿Y vos, qué tal? Se interesó.
-No, yo estuve tapado de laburo, contó Omar.-A la mañana tres cirugías, un paciente que se descompensó en la sala, dos ingresos. Creo que tengo los dedos gastados de tanto escribir.
Ella se acercó, lo beso brevemente en los labios y le propuso:-¿Por qué no vas abriendo esta botella de vino y te sentás? Yo ya sirvo la comida.
Rieron mucho durante la cena. Y tuvieron tiempo incluso para el amor, la pasión y el descanso.
A la semana siguiente Ana lo llamó al mediodía:-Perdoná que te moleste en el trabajo.
-Si, la verdad que no es un buen momento, le contestó secamente Omar.
-Creeme, necesito que me hagas un gran favor, comenzó a explicarle Ana con tono de disculpa.
-Bueno, contame rapidito que tengo mucho laburo, la frenó Omar.
Ella fue breve y precisa. Cuando terminó la llamada volvió a sentir esa sensación de extrañamiento.
Esa noche no se vieron. Ana durmió poco y mal.
A la noche siguiente Omar la visitó en su departamento:-¿Qué hacés flaquita? ¡Que linda que estás hoy!
-Decime Omar, comenzó Ana con cierta frialdad:-¿Ayer me quisiste?
-¿Qué me preguntas flaquita? Se mostró sorprendido Omar:-Yo te quiero todos los días ¿No lo sabías?
-¿Vos te acordás como me trataste ayer por teléfono? Le preguntó Ana, que no cedía en su frialdad y su enojo.
Omar entonces comprendió:-Si, la verdad, perdoname. Ayer tuve un día horrible, y vos la ligaste de rebote. Eso está muy mal, ya lo se, pero salió así. ¿Me podrás perdonar?
-Yo te puedo perdonar, comenzó Ana, y la dureza de su mirada tuvo un destello de suavidad.-Pero no quiero que seamos la continuidad de las basuras del día que vivió cada uno. Yo quiero que nos acompañemos para ser mejores personas.
Omar comprendió muy bien lo que Ana le estaba diciendo. Por eso no pudo menos que abrazarla. Y también la besó.
Días y flores
(Silvio Rodríguez)

Si me levanto temprano,
fresco y curado,
claro y feliz,
y te digo: «voy al bosque
para aliviarme de ti»,
sabe que dentro tengo un tesoro
que me llega a la raíz.

Si luego vuelvo cargado
con muchas flores
(mucho color)
y te las pongo en la risa,
en la ternura, en la voz,
es que he mojado en flor mi camisa
para teñir su sudor.

Pero si un día me demoro, no te impacientes,
yo volveré más tarde.
Será que a la más profunda alegría
me habrá seguido la rabia ese día,
la rabia simple del hombre silvestre,
la rabia bomba, la rabia de muerte,
la rabia imperio asesino de niños,
la rabia se me ha podrido el cariño,
la rabia madre por dios tengo frío,
la rabia es mío, eso es mío, sólo mío,
la rabia bebo pero no me mojo,
la rabia miedo a perder el manojo,
la rabia hijo zapato de tierra,
la rabia dame o te hago la guerra,
la rabia todo tiene su momento,
la rabia el grito se lo lleva el viento,
la rabia el oro sobre la conciencia,
la rabia —coño— paciencia, paciencia.

La rabia es mi vocación.

Si hay días que vuelvo cansado,
sucio de tiempo,
sin para amor,
es que regreso del mundo,
no del bosque, no del sol.
En esos días,
compañera ponte alma nueva
para mi más bella flor.

sábado 19 de septiembre de 2009

SALA DE ESPERA: Lo que no llega al consultorio...


Por Mario Martínez

Isabel formaba parte de la Comisión Vecinal, y era la delegada para participar en las reuniones del Consejo de Salud que se reunía mensualmente en la Unidad Sanitaria.
Era una mujer joven y de convicciones firmes. Tuvo la oportunidad de estudiar y no la desaprovechó, ampliando con conocimientos su natural inteligencia.
Además, era una mujer bonita. Su piel reflejaba su raza. Y en esta parte del mundo también su clase social.
Leandro, el enfermero de la Unidad Sanitaria, comentaba que tenía que salir a alinear las baldosas cada vez que Isabel pasaba por la vereda.-Si la ves caminar, es imposible que no te pase algo, afirmaba.
Sergio, en cambio, es médico, y apenas sonríe cuando Leandro hace ese tipo de comentarios. Lo que sucede es que a él Isabel le impresiona mucho. Es decir: le gusta mucho, pero concluyó que jamás se lo dirá. La considera muy lejana a sus posibilidades.
Ese sábado se reunía el Consejo de Salud para escuchar el informe epidemiológico que el Hospital había elaborado en base al año 2008. El encargado de la lectura era precisamente Sergio.
-Durante el año 2008, comenzó Sergio, el Hospital, con 90 camas, tuvo 2.400 egresos, esto es, 2.350 pacientes que fueron dados de alta y 50 que fallecieron. En promedio cada paciente estuvo internado 13 días. 760 fueron niños, 810 partos y 830 se repartieron entre clínica y cirugía. Los pacientes fallecidos corresponden exclusivamente a estas dos últimas categorías.
-En cuanto a consultorios externos, siguió Sergio, el Hospital realizó 71.900 consultas: 14.000 entre clínica y cirugía, 3.500 de pediatría, 2.400 de obstetricia, 28.800 de guardia y el resto controles de salud en todas sus formas.
-¿No son pocas consultas de obstetricia? Quiso averiguar Isabel.
-Mirá, comenzó a responder Sergio, nos da un promedio de tres consultas por cada embarazada. Queremos llegar a cinco, pero nos cuesta mucho conseguir que la primera consulta por control de embarazo se haga precozmente.
-Con otras vecinas estuvimos haciendo un afiche para fomentar el control precoz, explicó Isabel, y comenzó a desplegar el afiche sobre la mesa.
Ante cada pregunta de los asistentes, Isabel estiraba su cuerpo sobre el afiche para señalar con más precisión. Sergio se dio cuenta que le prestaba mucha más atención al cuerpo de Isabel que al afiche.
-¿Y vos como lo ves, Sergio? Le disparó Leandro a quemarropa.
Sergio tuvo que pensar rápido una respuesta, tratando de disimular que lo único que había visto con atención no era precisamente el afiche.
-Bien, comenzó Sergio, me parece bien. Restaría saber como vamos a financiar la impresión.
-Pensamos en algo, le respondió Isabel, después de la reunión te lo cuento.
-Bueno, se animó Sergio, después de la reunión dejo que me lo cuentes…


La flor de la canela
(Chabuca Granda)

Déjame que te cuente limeño
Déjame que te diga la gloria
Del ensueño que evoca la memoria
Del viejo puente, del río y la alameda

Déjame que te cuente limeño
Ahora que aún perfuma el recuerdo
Ahora que aún se mece en un sueño
El viejo puente, el río y la alameda

Jazmines en el pelo y rosas en la cara
Airosa caminaba la flor de la canela
Derramaba lisura y a su paso dejaba
Aromas de mistura que en el pecho llevaba

Del puente a la alameda, menudo pie la lleva
Por la vereda que se estremece al ritmo de su cadera
Recogía la risa de la brisa del río
Y al viento la lanzaba, del puente a la alameda

Déjame que te cuente limeño
Ay, deja que te diga, moreno, mi pensamiento
A ver si así despiertas del sueño
Del sueño que entretiene, moreno, tu sentimiento

Aspira de la lisura que da la flor de la canela
Adornada con jazmines, matizando su hermosura
Alfombra de nuevo el puente, y engalana la alameda
Que el río acompasará su paso por la vereda

Y recuerda que

Jazmines en el pelo y rosas en la cara
Airosa caminaba la flor de la canela
Derramaba lisura y a su paso dejaba
Aromas de mistura que en el pecho llevaba

Del puente a la alameda menudo pie la lleva
Por la vereda que se estremece al ritmo de su cadera
Recogía la risa de la brisa del río
Y al viento la lanzaba, del puente a la alameda.

lunes 10 de agosto de 2009

Sala de Espera: Lo que no llega al consultorio


Por Mario Martínez

Hacía ya una semana que Wenceslao había ingresado a la sala de internación. Llevaba profundamente marcados en el cuerpo los estigmas del alcohol.
-¡Qué elegante se me vino esta mañana, tordo! Saludaba a cada uno de los médicos del servicio.
Wenceslao era el octavo hijo natural de una mujer que lo crió hasta que pudo. Luego, quedó al cuidado de sus hermanos mayores. Pero fundamentalmente fueron la calle y la miseria sus padres y su familia.
-Dígame la verdad tordo, ya soy un hombre grande, ¿Me parece a mí, o este es mi último carnaval?
Pero les costaba decirle la verdad. O por lo menos una parte. Era demasiado grave y compleja.
Wenceslao hizo en la vida todo lo que se puede hacer para comer. Incluso un par de cosas que no estaban del todo bien. Pero lo que más le gustaba hacer era cantar con la murga de su barrio. Lo hizo mientras tuvo voz.
-¡Y se me fue la gola, tordo! ¡Que se va hacer! Es como dice el tango: cuando la gola se va, ¡Porque yo fama no tuve nunca!
Y estallaba en una risotada.
Su cirrosis hepática estaba muy avanzada. Los médicos esperaban un cuadro neurológico o una hemorragia grave en cualquier momento.
-Tordo: anoche me pareció que la parca me pedía que le hiciera lugar en la catrera ¡Mire si será atorranta esa mina!
Y otra vez la risotada.
Tenía un hijo. Y había tenido varias mujeres. Pero nadie lo venía a visitar.
-¡Qué va hacer, tordo! No supe armar la baraja. Y cuando quise jugar, perdí. ¡Qué va hacer!
Por la noche le diagnosticaron el coma y lo trasladaron a la terapia intensiva. El equipo de profesionales estuvo trabajando hasta el amanecer. No había ninguna esperanza para él, pero todos habían establecido con Wenceslao una relación afectiva muy fuerte.
Esa mañana falleció.
Acomodaron prolijamente sus pocas pertenencias para entregárselas a la familia. Fue entonces cuando vieron ese papelito.
Era un poema murguero, algo así como su testamento:

Ya suena la retirada.
Ya se despide la murga.
Y hay un temblor en la zurda
frío como puñalada.
Que el letrista no se olvide:
¡No quiero recibir flores!
Mándenme siete tambores
cuando el alma se me pire.




Brindis por Pierrot
(Jaime Roos-Raúl Castro)

No lo vieron a Molina
Que no pisa más el bar
Dónde está la Gran Muñeca
Que no trilla el bulevar
Esta noche es de recuerdos
Este brindis por Pierrot
Volverás Mario Benítez
Con tu Línea Maginot
Qué será de los porteños
Ocupando el Liberaij
Qué dirá La Nueva Ola
Empapada de champán
Esta noche es de recuerdos
Este brindis por La Unión
Ahí estás Martíncorena
Escuchando esta canción

Me voy
Como se han ido tantos
Que el recuerdo disfrazó de santos
Y su historia se ha vuelto ilusión
Descubro
El dejo de amargura
Que ni la mejor partitura
Le pudo marcar a mi voz

Se van
Como se han ido tantos
Carnaval les regaló su manto
Su estampa se vuelve canción
Se han ido
Soplando candilejas
Esta noche no tengo ni quejas
Sin embargo el que llora soy yo

No se acuerdan de la Bruta
Con Pianito en su lugar
No me olvido más del ñato
Imitando a Dogomar
Esta noche es de recuerdos
Este brindis por Pierrot
Quedan pocos Sabaleros
Aguantando el mostrador

Te estoy viendo a vos Benítez
En las páginas del Ring
Ni que hablar de un Picho López
Recostado en un casin
Esta noche es de recuerdos
Este brindis por Zelmar
No lo vieron a Molina
Que no pisa más el bar

Me voy
Me voy me vivo yendo
Esta noche me hizo vista el tiempo
En las copas me dieron changüí
Me llevo
Como un capricho burdo
La esperanza escondida en el zurdo
Que el Diablo se apiade de mí

Se van
Se van se siguen yendo
Cuesta abajo los sacude el viento
Como hojas de un sueño otoñal
Levanto
Mi vaso por las dudas
A veces la suerte me ayuda
Nadie golpea al zaguán

Oigan al payaso que canta
Cuántas penas en su garganta
Junto a su copa de licor
Solo
Esta noche no tengo ni tumba
Sin embargo el que canta soy yo

Miren al Pierrot callejero
De la noche fiel compañero
En su mejilla un lagrimón
Brilla
Le ha tocado pasarse la vida
A solas con su corazón.

(Recitado) "Te largan a la cancha sin preguntarte si querés entrar.
Por si fuera poco, de golero; toda una vida tapando agujeros.
Y si en una de esas salís bueno, se tiran al suelo y te cobran penal"

Oigan al payaso que canta
Cuántas penas en su garganta
Junto a su copa de licor
Solo
Esta noche no luce su ropa
Sin embargo le llaman Pierrot

Miren al Pierrot callejero...

(Recitado final improvisado por el "Canario" Luna)
"¿No sentiste, Viruta a los muchachos? Dicen que ando solo, qué saben ellos...
Ellos no saben que siempre al lado mío está el niño Calatrava,
Raviól, que se nos fue hace poco.
A solas sí... a solas pero viviendo la vida, gozándola..."

Oigan al payaso que canta...

domingo 10 de mayo de 2009

Sala de espera: Lo que no llega al consultorio


Por Mario Martínez

-¿Por qué no comienza contándonos como conoció a su esposo? Preguntó el abogado, en nombre de él y del psicólogo que lo acompañaba.
-Fue en una fiesta, respondió Vilma, en la casa de Mariela, una amiga mía. Él era conocido del esposo de mi amiga. En una rueda de conversación me encontré preguntándole acerca del lugar de su nacimiento. No recuerdo bien como comenzó todo, pero terminamos hablando solos en un rincón. Desde que lo vi, y sobre todo desde que lo escuché, no pude dejar de prestarle atención.
-¿Cómo que Mariela no está linda con ese vestido? Preguntaba Vilma al hombre que acababa de conocer. -Si Mariela no te parece linda te vas a quedar solo.
-¿Por qué me decís eso? Le respondió el hombre. -Yo no dije que estuviera solo. Y vos me parecés linda…
-¿Cuánto tiempo les llevó decidir vivir juntos? Retomó nuevamente el abogado.
-Tres años, respondió Vilma.
-¿Le parecieron muchos? Quiso saber el abogado.
-No, para nada, opinó Vilma.-Al principio ninguno de los dos hablaba de convivencia. Nos dedicábamos a disfrutar la compañía del otro y a proponer alternativas divertidas.
-¿Cómo diría que era su esposo en aquel momento? Consultó el abogado.
Vilma se tomó unos segundos para responder:-Yo diría que era muy buen compañero, solícito, conciliador. No es que evitara las discusiones, pero estas tenían siempre un sentido. Odiaba a los necios, y en eso éramos iguales.
-¿Cuál era la salida favorita de ustedes? Interrogó el abogado, mirando al psicólogo que permanecía callado en un rincón, tomando notas.
-La ronda del placer, respondió Vilma.
-Puede ser más explícita, se mostró curioso el abogado.
-Llamábamos así a la salida que comenzaba en el cine, seguía en el restaurante y terminaba en un hotel, aclaró Vilma.
-¿Y cuando comenzaron los problemas? Buscó definir el abogado.
-No, ¿Problemas?, no, nosotros nunca tuvimos problemas, aclaró Vilma, aunque no mucho.
-Lo intento nuevamente, insistió el abogado.- ¿Cuándo se rompió ese encantamiento que los mantenía así enamorados?
-Nunca doctor, se lo juro. Yo sigo muy enamorada de mi marido, continuó aclarando oscuramente Vilma.
Entonces intervino por primera vez el psicólogo:-Señora, le recuerdo que hacemos aquí: su esposo fue asesinado y usted se declaró culpable.
-Claro, siguió afirmando Vilma, si yo lo maté.
-Bueno, continuó entonces el abogado, estamos aquí tratando de elaborar una estrategia de defensa.
-No, ¿Para qué defenderme doctor? Él me dejó para irse con otra persona. Con otro hombre. ¿Cómo podía yo dejarlo hacer esa locura, a él, que era tan racional?


Balada do Louco
Autores: Arnaldo Baptista / Rita Lee
Intérprete: Ney Matogrosso

Dizem que sou louco por pensar assim
Se eu sou muito louco por eu ser feliz
Mas louco é quem me diz
E não é feliz, não é feliz

Se eles são bonitos, sou Alain Delon
Se eles são famosos, sou Napoleão
Mas louco é quem me diz
E não é feliz, não é feliz

Eu juro que é melhor
Não ser o normal
Se eu posso pensar que Deus sou eu

Se eles têm três carros, eu posso voar
Se eles rezam muito, eu já estou no ar
Mas louco é quem me diz
E não é feliz, não é feliz

Eu juro que é melhor
Não ser o normal
Se eu posso pensar que Deus sou eu

Sim sou muito louco, não vou me curar
Já não sou o único que encontrou a paz
Mas louco é quem me diz
E não é feliz, eu sou feliz

lunes 20 de abril de 2009

Sala de Espera: Lo que no llega al consultorio


Por Mario Martínez

-…el que le dio este teléfono se equivocó. Este no es el laboratorio. ¿Y yo que se cuál es el número del laboratorio? Llame al conmutador y pregunte. ¡Espere un momento! ¿No ve que estoy hablando por teléfono? ¡Estoy ocupado!
Álvaro trabajaba en la farmacia del hospital y era el encargado de entregar los medicamentos a los pacientes crónicos.
-Ahora si ¿Qué quiere?............Ahá, ¿Trajo la receta? ………. ¿A ver? No, esa no sirve, dígale al médico que se la haga como corresponde…………… Él tiene que saber como corresponde, dígale que no se haga el tonto. ¿Quién sigue?
Era impensable que Álvaro intentara al menos solucionar un problema que no fuera de él. Los pacientes en general lo detestaban y habían presentado innumerables quejas a la dirección y administración del hospital. Sin embargo, las autoridades estaban conformes con Álvaro, desde que él estaba a cargo había disminuido la facturación de medicamentos.
-¿Qué me traés, querido? En una hora yo me voy ¿Cómo te me venís ahora con un pedido urgente? Si es urgente lleváselo a los de la guardia.
Sus compañeros de trabajo no lograban ponerse de acuerdo: mientras unos lo odiaban, otros solo pensaban en molerlo a palos.
-¿Y por qué voy a creer que vas a jugar la plata de todos nosotros al billete de fin de año? ¿Y si te olvidás? ¿Qué pasa con mi plata, la pierdo? No, dejá, si a mi lo que me sobra es suerte…
Eso si: cuando se trataba de temas sociales, Álvaro no ocultaba su sensibilidad.
-¿Y vos querés que te firme el petitorio? Pero si recién juntaste tres firmitas. Andá pibe, volvé cuando tengas la lista llena, y por ahí te lo firmo…
Se sentía cómodo con el lugar laboral que ocupaba.
-No, no me vengas con eso del cursito. ¡Si yo estoy fenómeno así! Además, me tendría que levantar más temprano todavía. No, mirá, gracias, ofrecéselo a Gonzalo que lo único que hace es archivar historias clínicas…
Aunque cueste creerlo, una persona así había conseguido formar una familia, e incluso había tenido hijos.
-Vieja: ¿Por qué no le pedís a Ricardito que te ayude a ordenar el placard? Yo me la paso toda la semana laburando, ¡Tengo derecho a descansar! ¿O no?
Pero: ¿Dónde había comenzado esta vocación de Álvaro por el mínimo esfuerzo? ¿En qué circunstancia del camino de la vida se habían consumido sus energías?
-En mis tiempos la cosa era fácil: o laburabas, o estudiabas. Los viejos de vago no te iban a bancar. Y yo con los libros de la segunda página no pasaba, me quedaba dormido…
Incluso un nuevo compañero de trabajo, que aún no había tenido oportunidad de conocerlo y, por lo tanto, de enojarse con él, lo había invitado a salir a correr los sábados por la mañana.
-No, pibe, a mi dejame en casa tomando mate. Yo no nací para correr, lo mío es la caminata. Es más, si en silla de ruedas, mejor…


Confesiones junto al Sena
Jorge Schussheim

Una música suena en la calle,
mil violines me dan su calor
y cogiendo mi brazo tu talle
te suspiro al oído mi amor.

Tú me dices que sé que eres mía,
que te entregas a mí, mi princesa,
pero al ir a tomarte no puedo,
porque siento que el culo me pesa,
¡ay, ay!, cómo me pesa.

Un palacio de cuento de hadas
y un salón de irreal esplendor
es el marco suntuoso en que vive
nuestro amado y buen emperador.

Me recibe, en la diestra la espada,
y me otorga un blasón de nobleza.
—Lo lamento, Sire, no puedo,
porque siento que el culo me pesa,
¡ay, ay!, cómo me pesa.

Encontré a la diosa Fortuna
en la calle sentada, a mi paso,
y me ofrece el sol y la luna
si tan sólo le extiendo los brazos.

—¡Ay, mi diosa! Lo intento y no puedo,
me resigno a mi vieja pobreza;
aunque trate, no muevo ni un dedo
porque siento que el culo me pesa,
¡ay, ay!, cómo me pesa.

Y pasando los años se escapan
y me dejan tan sólo tristeza,
nunca tuve ni amor ni dinero
porque el culo me arrastra y me pesa…

Un consejo les doy, mis amigos,
un consejo y ya corto mi hilo:
No se sienten, vivan parados
aunque el culo les pese mil kilos,
aunque el culo les pese mil kilos.

lunes 13 de abril de 2009

Sala de espera: Lo que no llega al consultorio


Por Mario Martínez

La reunión de la gremial médica se había extendido más de lo habitual. Unos pocos, formando corrillos, aún continuaban comentando lo que acababa de acontecer.
Kramer, en cambio, aunque era el secretario general, solo en un rincón acomodaba unos papeles.
Cuando Adriana notó esto, se acercó con cualquier excusa. A pesar de los cuestionamientos, ella sentía respeto y hasta cierta admiración por ese colega.
-¿Le ayudo con los papeles?
-Bueno, muchas gracias, respondió Kramer. –Así volvemos más temprano a nuestras casas.
-Estuvo duro el ambiente hoy ¿No es así doctor? Consultó Adriana.
-Últimamente parece que la única propuesta es la dureza, la intransigencia, explicó algo didácticamente Kramer.-Encima, la muerte del doctor Saín lo elevó a la condición de juez de todos nosotros.
-Yo no viví su época como secretario general de la gremial, aclaró Adriana,-Pero cuentan que fue una persona muy correcta.
-Nadie puede criticar sus formas, reconoció Kramer,-Pero los que hoy en día lo ponen como ejemplo no separan formas de contenidos. Cuando Saín se hizo cargo la gremial venía de un tiempo muy oscuro. Él y su grupo privilegiaron su funcionamiento, casi diría burocrático, más que su efectividad. No confiaron en el respaldo de la movilización. La gremial se puso en marcha, si, pero los beneficiarios siguieron siendo los mismos que lo habían sido hasta entonces.
-Perdone que pregunte tanto, doctor, demandó nuevamente Adriana,-Entonces ¿Lobejón fue el mejor secretario general?
-No se si yo lo expresaría de esa manera, aclaró Kramer.-Lobejón formó parte del grupo fundacional de la gremial. Hasta ese momento no existía un espacio sindical en todo el sentido de la palabra. La representación de los intereses médicos como grupo productivo estaba en manos de los dueños de sanatorios y directores de hospitales. Lobejón y su grupo consiguieron que los médicos, considerados como un colectivo, pasaran a tener protagonismo.
-Y usted ¿Se siente heredero de alguno de ellos? Volvió a interesarse Adriana.
-Sin dudas me siento más cerca de Lobejón, afirmó Kramer. Él y su grupo fijaron claramente los contenidos por los que deberíamos luchar. El error más grande que le reconozco es haberse erigido como intérprete de los intereses, y no someter las decisiones a debate. Así la lucha se fue debilitando. Aunque te aclaro que cuando Saín encabezó la gremial lo acompañé a pesar de las diferencias. Hasta que estas se volvieron insalvables.
-Le confieso doctor que escuchándolo me siento con pocas esperanzas, se lamentó Adriana.-Parece ser un problema sin solución.
-No, aclaró Kramer, no es tan difícil. Se trata de que a muchos no les falte lo que a unos pocos les sobra.